¿Del Campo Vengo? o ¿Al Campo Voy?

Es para mi un honor presentar este post. Una invitada muy especial a esta categoría de “INVITADOS A CASA”, un espacio de este blog destinado a compartir los testimonios de amigos y conocidos, que como yo decidieron salir de la ciudad y aventurarse al campo, o como en este caso a la vida de pueblo. Espero que estas palabras toquen varios corazones que están empezando a latir por dar este paso de transición hacia una vida en la ruralidad.

Ella es Amparo Lega, es de esas personas que inspiran, que impulsan y que te demuestran que todo es posible si le pones el alma, las ganas y toda la pasión. Con una voz fuerte y arrolladora, pero no tanto como esa determinación de servir e impactar realmente en el camino de las personas y los territorios. Desde hace unos años decidió dejar la ciudad, la capital, para irse al mar, a Palomino, uno de los territorios que hoy en día crecen a pasos gigantes hacia el turismo, y que con el apoyo de personas como Ampi, ojalá pueda ser un turismo que lejos de afectar el territorio y su gente, lo potencialicen. Los invito a leer estas palabras poderosas y conocer los emprendimientos de esta gran mujer!

La Tertulia adquiere un rol cada vez más importante en  La Vida Que Me Doy. Por eso, cuando Ana me invita a esta mágica casa, (su casa digital: otro increíble espacio de esos que sueña y ejecuta en Proyecto San Antonio), y me dice: “Ampi, quiero que vengas a casa y nos cuentes ¿cómo es tu Vida de Campo?” ¡Yo acepto feliz!

Feliz de verla, charlar, incluso llorar un poquito y enfurecernos juntas, reírnos como niñas de colegio en misa, igual que cuando fuimos voluntarias en Impact Hub Bogotá (mi sede en la ciudad,  para soñar un mundo mejor). Fue ahí donde nos conocimos con Ana. ¡Como de toda la vida, ala! Y es que a pesar de  yo llevarle creo que una década en edad, ella me lleva bastantes años, en procurarse una  vida cada vez más conectada, con lo que el campo necesita que le demos, para luego recibir nosotros de vuelta, más de lo que esperamos.

Veo  cómo  me cuenta de su casa, de la idea de soñar nuevos espacios, y me anima a empezar por ahí, a hablar del campo. Pero sobretodo, a revisar qué tan cierto es que vivo una vida de campo.

A continuación cito la definición del DANE de ruralidad, para contextualizar un poco lo que les quiero contar.

Área rural o resto municipal: se caracteriza por la disposición dispersa de viviendas y explotaciones agropecuarias existentes en ella. No cuenta con un trazado o nomenclatura de calles, carreteras, avenidas, y demás. Tampoco dispone, por lo general, de servicios públicos y otro tipo de facilidades propias de las áreas urbanas.

Pues a decir verdad, de acuerdo a esta definición de ruralidad, no, yo no vivo en el campo. Yo diría que vivo en un lugar que a leguas exige, una redefinición de este concepto.

No me siento muy distante de mis vecinos. Lastimosamente muy poca actividad agropecuaria se ve en el barrio, más allá de nuestras huertas de patio trasero o materitas en botellas recicladas y las gallinas que pasan como pedro por su casa por cualquier patio. En cuanto a la nomenclatura de las calles,  pues algunas si, otras no. ¡Aunque yo recién descubrí que tengo una!

Con respecto a los servicios públicos, la situación pinta más o menos así:

Cuando por  fin dizque arreglaron los problemas de Electricaribe (jajaja  todo sigue igual, menos el precio que subió al triple), fue  porque nos pusieron unos postes infectos de luz. Uno de los cuales quedó frente a mi casa. Sí, me sembraron la ciudad en frente, luz artificial y cemento (la moneda de la corrupción). Pero no contentos con esto, al entregarme ese regalo estructural, ¡rompieron la manguera del punto de agua que hay frente a mi casa!  Porque cada casa tiene un punto de agua. Es decir, una  manguera subterránea que se asoma desde la tierra y cuando mandan agua, desde una turbina central (no se vayan a creer que es una planta de tratamiento, recuerden la definición del DANE). Algún buen vecino pasa y grita, con un leve tono escondido de felicidad profunda: “¡Aaaaaampiiiiii! ¡Está llegando el agua! ¡Está llegando el Agua!” Otra vecina pasa y me confirma con un tono de frustración: “¡Noooo Ampi, todavía no nos llega a nosotros, recién la pusieron, y recuerda que hasta acá no sube, si abajo todos la están halando!”

Lo último me lleva a contarles qué significa “Halar el Agua”. Antes llegaba el mismo día a la semana, si es que llegaba. Pues para que llegue, también se necesita luz. Y ese sí que es un servicio intermitente acá. Cuando por fin llega el Agua, te debes sentir afortunado por el simple hecho de estar en casa y poder halarla.

No importa el día, la hora, o lo que estés haciendo. Si llega el agua, mejor paras o cancelas todo lo que tengas. ¡Es el Agua! Si no la halas, te quedas sin nada hasta la otra semana; si todo sale bien, claro. Porque en mi caso como el de la mayoría por acá, cuando el agua llega, no se trata de girar una perilla, no. Cuando el agua llega, trae consigo una dinámica: Primero prender la turbina para dejar cargado el tanque elevado y aprovechar así a recoger todo lo que más pueda en la alberca. Cuando este tanque se llena, se sabe porque empieza a botar agua, entonces debes correr tan rápido como puedas ¡porque es agua regándose, desperdiciándose! De ahí paso a desconectar la motobomba para sacarla al frente, donde está el punto de agua; pasar la manguera, encontrar los retazos de neumáticos (sellante típico de la ruralidad), un balde con agua (que a veces ni tienes) y una jarrita para cebar la manguera, sacarle el aire y ayudar a que la motobomba agarre presión, que es también intermitente. Y eso te amarra a estar pendiente durante todo el proceso y revisar de vez en cuando que el agua sí esté llegando. De lo contrario,  además de fundirse la bomba, te quedas sin agua para toda la semana, pierdes todo un día de vida, en este mágico lugar y toca entonces  llamar al carro tanque que ofrece el servicio de traer agua directamente del río. Mmmmm ese río que cada vez recibe más gente, lastimosamente inconsciente del impacto que generan sus pasos, sus actos, sus consumos y SUS desechos.

Pero el tema de la presión tiene una inquietante razón de ser. A pesar de llevar tres años de especialización en el arte de sellar y hacer amarradijos con neumático, la situación se sale de mi control. El agua no sube porque ya todos se enteraron que está llegando y eso reduce bastante la presión. Al parecer el sistema eléctrico tampoco cumple con tanta capacidad para esta creciente población.

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Canto al agua en Sewiaka con los niños del colegio indígena, llamando un poco de lluvia que tanto necesitamos. Marzo  22 de 2018

 

Todo esto, cada semana, me recuerda el gran riesgo social y ambiental que implica la escasez de agua. Entre más personas del pueblo se enteran que está llegando el agua, menos posibilidades tenemos todos. Y empieza entonces, esta bonita magia que se da cuando todos necesitamos exactamente lo mismo, en el mismo momento y bajo las mismas condiciones. Bueno no, no exactamente las mismas condiciones. Una de mis vecinas, como muchos acá, no tiene alberca ni tanque elevado; entonces llena galones, de esos que también usan para vender abiertamente la gasolina ilegal. Y descubro entonces que mi anterior percepción citadina sobre las problemáticas asociadas a nuestros recursos hídricos, transcienden del ahorrar y no mal gastar que nos enseñaban en el colegio,  a  entender y experimentar, el estado tan alterado al que uno puede llegar como ser vivo, si no tiene acceso al agua. Por eso estoy convencida, que nuestro fin principal, el de TODOS en este planeta, debe ser proteger nuestros recursos hídricos. Pues  son sin duda, los que permiten que surja todo lo demás.

El desarrollo en la ruralidad, si es que a esto se le puede llamar así, además de ser torpemente acelerado, es devastador. Sí, esas casas que necesitamos porque cada vez somos más y queremos cosas más descabelladas; esas calles que pavimentamos tumbando todo lo que interrumpa su paso,  la creciente aparición del cemento aplastando la vida que brota en este territorio sagrado; entre muchas otras intervenciones humanas, desprenden un sinfín de transformaciones en el entorno y ni hablar de la sociedad. Así, sin darnos cuenta nos empezamos a encerrar en ese artificial y tóxico esquema de ciudad, pero sin las facilidades que hay en ella (como lo dice el DANE). Y empezamos a voltearle la cara al campo y arrebatarle toda su magia.

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Mágico Manglar. Palomino – La Guajira.

Entonces, más bien digamos que vivo en un pueblo. Y les hablo de La Vida Que Me Doy en un pueblo playero, privilegiado como muchos de esta zona, al estar protegido por una poderosa montaña, que a veces muestra sus nevados.  Con un ingrediente muy singular, a este encantador pueblo lo abrazan por dos ríos que fluyen, para encontrarse con el turbulento mar en el manglar. Bueno, eso ahora que todavía podemos mencionar al manglar en esta historia; porque al paso que vamos, nos va a tocar borrarlo del mapa, como ya ha venido pasando.

 

 

 

Después de un año de estar viviendo en este pueblo, Palomino – La Guajira, bajé una noche a la playa. Era noche de luna nueva llena de estrellas, pero a la vez oscura. Una noche de esas en que la caminata es como un juego y la recomendación es caminar subiendo bien los pies, no arrastrarlos, (no va y sea aparezca algo o se pegue muy duro con alguna piedra en los pies enchancletados). Una de esas noches Palomineras con atmósfera romanticona, de calorcito y brisa de playa con montaña; Cuando de pronto… BOOM!  El primer hostal que puso una reja, de esas puertas metálicas que tapan todo y además son eléctricas!  Y es así, como un hostal que antes no se destacaba, encuentra una alternativa para brillar (literalmente) y de pronto así lograr atraer huéspedes de a dos días por estadía. Se trataba de una mega planta, ruidosamente eléctrica, que daba energía a sus gigantes focos de luz blanca fosforescente, interrumpiendo por completo la magia que se nos da, cuando miras un cielo repleto de estrellas. Pero claro, ¿cómo va uno a pedirle a alguien que aminore su ambición, y salga de su zona de confort, cuando probablemente ha invertido todo su capital en tan nefasta decisión?

Un día tertuliando con mis amigas de Santa Rita de La Sierra, me cuestionaron ¿por qué si yo trabajo con turismo, me opongo tanto a él? Y bueno, les respondí algo como esto: Yo no me opongo al turismo, a lo que me opongo es a su condición masivamente destructiva. Estoy convencida que una actividad que fortalezca la economía local de manera sustentable, es de gran beneficio para el territorio. Precisamente la base de todo lo que sueño, está inspirado en el concepto de Biocomercio. El cual incluye maneras muy bonitas y acertadas de desarrollar territorios como destinos turísticos, para admirar y resguardar, entre todos y por todos. Y eso es precisamente lo que no pasa, cuando aparece el turismo en masa. Los Humanos no nos autorregulamos, cuando de ambiciones se trata. Y en un territorio sin ley ni orden, la sustentabilidad se quiebra constantemente.

El 4 de marzo de 2015, llegué a este mágico lugar, con el sueño de darme una vida mejor. Pero entonces la vida me enseñó que esas transformaciones que buscamos, no están dadas con un cambio geográfico o de profesión. Esas mejoras que queremos, sólo las obtenemos  involucrándonos, participando, cuestionando, actuando.

Por eso, hace un poco más de 2 años, entendí y además experimenté el impacto del turismo en el territorio que habito. eso me me motivó a involucrarme y promover el Turismo Consciente entre Santa Marta y La Alta Guajira. A través de  PalominoWay of Traveling. Un servicio que ofrezco, diseñando experiencias de viaje conscientes y a la medida. Procurando  al máximo, que ese dinero que el viajero ha destinado para regalarse unos días de felicidad, llegue a manos nobles, que desde sus proyectos aportan a la conservación del territorio. Porque para mí, además de sus recursos naturales (lo principal), parte de la magia de este lugar, es su gente. Esta pluriculturalidad que te permite viajar sin moverte, compartir saberes y sabores de múltiples rincones del mundo, descubrir el poder de lo ancestral, generar lenguajes comunes a pesar de no entender nuestras palabras.

 

Y es así, como he descubierto la magia de la permacultura. Aclaro que no domino ese tema, por ahora sólo lo admiro profundamente. Porque definitivamente, si algún día tengo mi tierrita, quiero tener un baño seco rodeado de coloridas heliconias, una hamaca King size bajo un Caracolí, rodeado de aguacates, guanábanos, carambolos mangos, plataneras, 2 papayos, un buen fueguito, acceso al rio, y por supuesto una huerta. Esa huerta, tendrá albahaca con semillas orgánicas, de la  primera planta que sembré en la huerta de #AmpiLand (mi casa). Las semillas venían de arriba, de La Sierra. Se las bajó María, una amiga indígena Kogui, a una amiga Argentina, que tiene uno de los patios más bonitos de este pueblo y un don, pues todo  lo que siembra, se le da! Y es que lastimosamente ya no siembran todos los que saben hacerlo.

También irá en esa huerta la Cúrcuma. Esta milagrosa planta, se ha convertido en un gran personaje de esta nueva vida que me doy. La semilla de esta cúrcuma la trajo mi hermana de su  recorrido por otros bonitos rincones de La Sierra,  en los lados de Valledupar. Esa cúrcuma que puse a germinar y después de un año de multiplicarse y mostrarme su encantadora flor, me dio una abundante cosecha de rizomas, que parecen manitas en oración, unidas como en un abrazo fraternal, cuidándose unas a otras. Cuando las cosechas, las puedes separar, sutilmente, sin arrancar, sin maltratar.

 

Fueron la albahaca y la cúrcuma, las que después de un año como líder de Slow Food Convivium Palomino y gestora del Mercado Local de Palomino, me motivan a participar como productora todos los primeros domingos de cada mes en el Restaurante Sua Palomino. Mi aliado incondicional de sueños y locuras que abre siempre sus puertas a esta familia que juntos hemos construido. Impulsada inicialmente por la necesidad de explorar, ¿qué significa producir? y en este caso puntual, ¿Cómo hacerlo artesanalmente, desde la ruralidad? ¿Cómo contrarrestar la creciente afluencia de esos nuevos productos tan llamativos, pero artificiales y contaminantes a la vez? ¿Qué significa realmente producto  y por qué al parecer no contemplamos su empaque dentro de ese concepto? ¡Cómo puedo desde mi hacer, evitar que pase lo que sufro? Y entre estas, mil preguntas más me han surgido en  esta encantadora exploración, llena de increíbles experiencias, errores, angustias, micro-celebraciones, grandes emociones (positivas y negativas). Pero sobretodo, la bonita aventura que es vivir de local, consumir productos que reconozco han sido hechos con amor y dedicación, tener una excusa para encontrarnos e intercambiar además de sueños, los productos que hacemos.

 

El Mercado, los talleres que he diseñado y ejecutado con la comunidad, pero sobretodo las bonitas amistades y conexiones con tan variados saberes y nobles intenciones, me han motivado a la creación y gestión de La Alacena Consciente.  Una iniciativa que busca servir como plataforma de fortalecimiento asociativo, productivo y comercial; dirigida a nobles intenciones que desde sus proyectos, procuran de algún modo aportar a la sustentabilidad de los territorios que habitan. Ya se han sumado algunos productores al ejercicio logrando que seamos cada día más amigos conscientes. Se han optimizado procesos de distribución, en aspectos económicos y ambientales; también estamos trabajando un manejo eficiente de residuos; buscando maneras de optimizar como colectivo nuestras compras; mejorando nuestros empaques, para no impactar tanto con los consumos que generamos. Y así ofrecer bienestar real, no sólo a quien lo compra, sino a todos los actores de la cadena.

 

Me apasiona pensarnos como un todo, entender que lo que hacemos puede ser más y mejor, si de verdad logramos unirnos. Experimentar cómo esos esfuerzos aislados, que a veces creemos son inservibles, si los sumamos, seguro transformaremos el mundo o al menos, nuestro mundo. Ése que habitamos y nos rodea, ése por el cual, nos deberíamos responsabilizar.

Me despido, esperando algún día contarles una vida de campo, en un campo de verdad, verdad.

 

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